federico.jpgFederico García Moliner recibió el premio “Príncipe de Asturias” de Investigación Científica y Técnica por su excelente labor en el ámbito de la física. Es uno de los grandes científicos españoles de nuestro tiempo y, sin embargo, escuchándole hablar, nada haría pensar que se trata de un personaje ilustre.
Ataviado con una casi pintoresca pajarita y una amplia sonrisa, Moliner acudió no sólo a dar su conferencia, sino también a presenciar el resto, en las que participó con gran interés interviniendo en la ronda de preguntas y no dudando en ceder el turno de palabra a los estudiantes, a pesar de que los organizadores le dieran primacía a él sobre el resto. Contar esto no es baladí, ya que es síntoma de su carácter humano y en eso se centraban las jornadas.

Simplemente el comienzo de su conferencia mereció un fuerte aplauso: “ Se preguntarán ustedes cómo se hace ciencia… Pues bien, para que lo entiendan leeré a Ana María Matute”. Y nos leyó la descripción que del proceso de escritura hace Ana María Matute. Para aquellos que no nos hemos acercado a las ciencias más que en la Educación Secundaria, escuchar tan exquisita comparación entre la ciencia y la escritura fue un absoluto disfrute. “Hay mucha belleza en la ciencia”, nos dijo, y sin duda pudo transmitirlo así.
Su defensa de la cultura se basa en la importancia que ésta tiene en tanto que “condiciona la forma en que usamos el cerebro”. Nuestro limitado concepto de la misma nos imposibilita para un mayor desarrollo intelectual y personal, ya que nos empeñamos en “diferenciar radicalmente cultura y mundo material, cultura y ciencia, cuando ambas son la misma cosa o, dicho de otro modo, son realidades coexistentes e interrelacionadas”.

El artista y el científico son tan parecidos…”, nos contaba, “ambos buscan dar una explicación al mundo y transmitirla”. Preciosa forma de entender ciencia y arte, belleza e ideas. Quizás Moliner pensaba en el Gernika o en la estructura de los fractales cuando afirmó: “En el arte no sólo hay belleza, también hay ideas profundas; y en la ciencia no sólo hay ideas profundas, también hay cabida para la belleza”.

Sara Domínguez Martín