NAC_CUL_web_45.jpgEn medio de una lluvia de aplausos sube al escenario una anciana guapa, cuidada y pequeñita. Es Ana María Matute, conocida escritora española autora de libros para niños y adultos y miembro de la Real Academia de la Lengua Española. Viene a respondernos a una pregunta “¿Quién nos imaginará?”. Entrañable y cercana, nada más sentarse nos avisa con una dulce sonrisa: “No soy dura de oído, soy sorda, y además un desastre absoluto, he vuelto a olvidarme el audífono”.

Esta escritora no es ni quiere dárselas de erudita, es, según sus propias palabras, escritora. Nos cuenta que empezó a escribir porque el mundo no la entendía, “pensé, si el mundo me rechaza, pues me lo invento; soy del segundo tipo de escritores, los que lo son a pesar de ellos”. Con voz pausada y tono suave habla de las múltiples realidades que nos rodean y de cómo, con los años, vamos perdiendo la capacidad de movernos por ellas, de cómo perdemos la magia. Por eso ella ha escrito muchas veces para los niños, “no porque me gusten, que no me gustan, sino porque me interesan, me interesa su mundo, es un mundo redondo; cuando escribes para niños no tienes que preocuparte porque te entiendan, porque siempre te entienden, no como los adultos”. A pesar de ello, dice que ya se ha cansado de escribir para niños, que ahora busca otras cosas, busca al adulto, que “no es más que lo que queda del niño, para bien y para mal”.
Nos lee uno de sus cuentos de niños tontos “El niño que era amigo del diablo” y nos cuenta algo de su infancia de papel. Hoy, a la edad de 82 años, sigue teniendo dos vidas, una real y otra de palabras, “una no excluye a la otra –nos dice entre risas-, tener una vida de papel no te impide salir a la otra vida, que tiene cosas tan maravillosas como hacer el amor sobre el río de las piedras”. Se sincera, porque es una persona sin nada que temer, “vivo a veces en las palabras, pero cuando salgo de ellas vuelvo a ser la gamberrilla que soy”. Una “gamberrilla” que odia madrugar, que duerme la siesta y que adora beberse una copita por la tarde rodeada de amigos, una mujer que entiende mejor “a un trasgo que a un director de banco”.

Después de dejar claro que no va a responder a complejas preguntas sobre el futuro “y yo qué sé, hijo, yo qué sé qué va a pasar… la gente se cree que por ser una escritora tiene que saber de todo”, nos deja una enseñanza “yo amo la vida, amo mucho la vida, porque no tenemos más que una… o al menos, eso dicen”.

Sara Domínguez Martín