Si el mundo se dividiera en “corderos y luchadores”, Arturo Pérez-Reverte sería, según sus propias palabras, un luchador. Este escritor español, nacido en Cartagena en el año 1951 es conocido sobre todo, en esta faceta, por su saga de El Capitán Alatriste. Pero lo que conformó la dura personalidad de la que hoy hace gala este autor fue su trabajo como periodista, su perfil de joven aventurero.“Todo comenzó en una biblioteca”, nos cuenta, y eso despertó su imaginación. Con 20 años, mochila al hombro, decidió ir a conocer los lugares y personajes de los libros. “Con esta edad yo era joven y cruel, el mundo era mi escenario”, quizás por ello optó por los territorios en guerra. También por eso se hizo reportero, porque se sentía cazador, cazador de imágenes. “Cuando uno va a la guerra, con billete de vuelta en el bolsillo, la guerra parece un mundo fascinante”.
Su función en Factor Humano era dejar una enseñanza a los 800 jóvenes que le escuchaban, pero en este caso, lejos de la calidez de Ana María Matute, su mensaje era bastante más cínico. “Yo tengo un mal concepto del ser humano, el impulso del ser humano es malo, el ser humano es un hijo de puta, aunque luego la cultura y la sociedad puedan llegar a hacerlo hasta bueno”. Quizás Reverte leyó también en su juventud algún libro de Hobbes y aprendió que “el hombre es un lobo para el hombre”, o quizás y más probable, la guerra le enseñó el lado oscuro de los hombres.
Pérez-Reverte, quizás hoy en España pero con el corazón aún en cualquiera de las guerras, habla de desconfianza, de dignidad, de aprecio (pero no de amor), de batallas y de victorias. Nos hablaba de los Ulises del mundo, “de esos héroes que sobreviven, cuando Aquiles se convierte en Ulises, entonces sólo puede quedar un héroe con el corazón duro”. ¿Es quizás él un héroe a su manera?
“¿Para qué sirve batirse, Arturo?”, le preguntan. “Para sentirte digno, para no sentirte vencido”.
Sara Domínguez Martín